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Cuando abrimos Amates hace 23 años, en el 2003, se usaban maderas claras: cedro blanco, maple… muy de la mano con el minimalismo. Muebles ligeros, pocos accesorios, flores exóticas, varas secas… una época en la que empezábamos a dejar atrás el estilo rústico que también había inundado las casas con muebles de pino cardado y herrería.
Poco tiempo después llegó la moda de la madera en tono chocolate. Debo confesar que a mí siempre me ha costado trabajo hacer transiciones tan drásticas de una tendencia a otra. Me gusta irlas integrando poco a poco, a medida que mi conversación con ellas va avanzando. Pero en ese entonces, recuerdo perfecto cómo los clientes llegaban pidiendo salas, comedores y prácticamente todos los muebles en ese tono oscuro, con tapicerías en color hueso y accesorios en tonos rojos. También fue la época de los jarrones altos con varas de bambú y de los objetos de inspiración africana.
Y así, entre una tendencia y otra, fuimos aprendiendo a observar cómo cambia no solo el diseño, sino también la forma en la que habitamos nuestros espacios.
Hoy estamos en 2026, y hay algo que me hace especialmente feliz: el diseño ha permeado tanto en nuestras vidas, que ya no queremos que nuestras casas se parezcan a las de nuestros amigos, compadres o familiares. Hoy queremos que reflejen nuestra esencia.
Queremos casas con alma.
Las maderas ya no son claras u oscuras por tendencia, sino por lo que nos hacen sentir. Los colores no se imponen, se eligen. El arte deja de ser decorativo y se vuelve personal. Los objetos que vestimos en una sala cuentan historias: un viaje, un momento, una etapa. Y en el vestíbulo, muchas veces, aparece ese mueble que viene de nuestra infancia, cargado de memoria.
Y así, poco a poco, vamos dejando atrás la idea de “seguir una moda” para entrar en algo mucho más rico: construir espacios con historia, intención y verdad.
Hoy me emociona ver que una casa bien lograda ya no se define por repetir una fórmula de revista, sino por la capacidad de contar quiénes somos. Se vuelve mucho más interesante una sala donde conviven una pieza contemporánea con un objeto heredado, una obra de arte elegida por emoción y no por tendencia, o una madera que no responde a una moda, sino a una sensación. Porque al final, el verdadero lujo no está en copiar un estilo, sino en habitar un espacio que se siente propio.
Quizás esa es una de las transformaciones más bonitas que me ha tocado ver en estos 23 años de Amates: antes buscábamos que una casa se viera “actual”; hoy buscamos que se sienta auténtica.
Y para mí, ahí es donde el diseño realmente cobra sentido.
