
Acabo de terminar de leer La Corresponsal, una novela de Virginia Evans, y ha sido un gran hallazgo. Es una lectura ágil y, al mismo tiempo, profunda; una historia llena de matices que se va revelando con delicadeza.
Sybil, una mujer retirada que trabajó durante años al lado de un juez, se nos presenta a través de las cartas que escribe y recibe. En ellas se dibujan sus múltiples facetas: madre, hermana, exesposa, vecina, amiga y mujer de letras. Poco a poco vamos descubriendo sus luchas, sus pérdidas, sus ilusiones, sus logros y también sus arrepentimientos.
A través de cada carta la conocemos mejor: su estilo directo, a veces rudo; su generosidad; la profundidad de sus vínculos. Su complicidad con su hermano, la intimidad con su mejor amiga, su admiración por autores a quienes escribe para felicitarlos, o sus gestiones ante la universidad para asistir como oyente a clases de literatura. Cada epístola se convierte en una ventana a su mundo interior. Así, entre cartas escritas a mano, correos electrónicos y respuestas que llegan, se va tejiendo esta historia conmovedora.
Es una vida profundamente humana. Y, sin embargo, lo que más me movió fue recordar mi propia relación con la escritura.
Pensar en las cartas escritas a mano me llenó de nostalgia. ¿En qué momento dejamos de hacerlo? Me siento afortunada de haber vivido esa forma de comunicación: el ritual de escribir a los seres queridos. A mis abuelos, a mis amigas, a Alfonso cuando vivía fuera de México, a mis papás y a mis hermanos. Elegir el papel, cuidar la letra, ordenar las ideas, encontrar las palabras exactas. Abrir el corazón con intención.
Cerrar el sobre, comprar los timbres, enviarla… y luego esperar. Esperar la respuesta.
Era una práctica que exigía tiempo, intención y una buena dosis de ilusión.
Este libro lo leímos en nuestro book club. Aunque no pude estar en la reunión —ellas estaban en Ciudad de México y esta vez se vieron presencialmente—, me compartieron sus impresiones por llamada y por WhatsApp. Y, en un gesto muy acorde con la lectura, mi amiga Mariangel me envió su reseña en una carta.
Todas coincidimos en algo: valdría la pena retomar esta hermosa costumbre. Porque, por más práctica que sea la inmediatez de un mensaje, nunca podrá compararse con la profundidad de una carta.
Hay una frase del libro que se me quedó grabada:
“Creo que uno debe cuidar la comunicación. Recuerda: las palabras, sobre todo las escritas, son inmortales.”
