La tintorería

19/8/2026

No sé si te pasa, pero para mí ir a la tintorería es una de esas tareas que siempre terminó postergando. No sé si es porque tengo que desviarme del camino, hacer una parada que me quitará tiempo, porque la ropa que voy a llevar no me urge o, simplemente, porque nunca parece ser una prioridad en mi día a día.

La realidad es que termina convirtiéndose en un pendiente sin resolver que ocupa cierta cantidad de neuronas. De esas que destinamos a las cosas que se van acumulando en la lista de tareas, en la agenda o en alguna app. Es como traer una piedrita en el zapato: no molesta demasiado, pero ahí está.

Hace unas semanas me propuse revisar mi ropa, detenerme a mirarla con cariño y dedicarle un poco más de tiempo a cuidarla. Entonces me di cuenta de que había prendas que sí merecían un lavado especial; es decir, llevarlas a la tintorería…

Con esta nueva mirada fui sin posponerlo y sin flojera, diligentemente, a que me chiquearan la ropa. Una semana después, cuando fui a recogerla, me sentí genuinamente orgullosa de haber vencido ese pequeño bloqueo mental.

Y no solo eso: comencé a hacerme casi adicta al lavado en seco. Mis visitas a la tintorería se hicieron más frecuentes y no sé muy bien cómo describir la satisfacción que me produce cada vez que voy.

Me di cuenta de la ventaja de dar trámite a esos asuntos postergables. No solo me quité la piedrita del zapato, también creció la confianza en mí misma. Descubrí la satisfacción de ir a la tintorería, llevar a la costurera el pantalón para que le suban la bastilla, cambiar de maceta la planta que ya necesita más espacio y atender tantas pequeñas actividades que no son urgentes, pero que permanecen esperando.

Cuando finalmente las hago, me siento más libre, capaz, ordenada y en paz.

Tal vez no me hice adicta al lavado en seco. Tal vez me hice adicta a esa sensación de ir cerrando pendientes pequeños y sentir que, por un momento, todo está en su lugar.

Hazlo, pruébalo, tacha esos pequeños pendientes… y luego me platicas.